En la vida encontrarás a gente de todo tipo. Gente que te quiera hacer daño y gente que te haga feliz, pero seguro que ambas personas van a hacer que aprendas algo, ya sea por los buenos momentos o por los golpes a los que ellos mismos te empujan.
El problema llega cuando no te quieres dar cuenta de que ya no más, que ya es suficiente. Que esos golpes no te están enseñando nada, si no todo lo contrario, simplemente te rompen cada vez más y tú no te das cuenta de que cada vez eres menos persona.
Delante de ti solo existe ese color de primavera que tiñe los campos en mayo. Tienes en tus manos una rosa, con espinas y muy poco color. Estas confundido pero no confuso. El color de esa rosa no es su propio color, es la sangre que mana de tu piel, de tus múltiples cicatrices. Para ti ese color basta, es el más bonito.
Hay muchas flores en primavera, pero en invierno aguantan sólo dos. En tú invierno, que ya no va a ser igual.
El rojo que mana de tus heridas ahoga a las demás flores. Ese rojo, esa rosa, esa flor, que ni es flor ni es vida.
Como tampoco es vida la que tu tienes, aferrándote a una rosa de la que tienes espinas en el cuerpo desde hace tiempo, y vuelves.
Las demás flores se han marchitado.
Solo queda una rosa.
Sólo una, y tú, cada vez tienes menos color.
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